martes, 18 de enero de 2011

Nadie se salva de la rumba

Relato que el año 2008 ganó una Mención Honrosa en el Cuento de las 1000 palabras de la revista Caretas. El autor es Manuel Serna Ponce, interno del Pabellón 5-A del E. P. "Miguel Castro Castro". En los centros penitenciarios hay una gran producción literaria y este cuento es una muestra.
El autor ha ganado una nueva Mención Honrosa en el mismo concurso correspondiente al 2010.




Cada mañana le costaba desprenderse de la gastada frazada, mira alrededor y el mundo es una tómbola indetenible, y en la playa, cuando estaban asaltando a ese fulano, vio el cuerpo putrefacto de un lobo marino, y en su rostro destacaban unos tremendos bigotazos, similares a los que tiene este huevón que están queriendo tumbar, y tiene tatuada en el pecho una imagen de la Sarita, esa flaquita que se ha convertido en el culto de las prostitutas y de la gente de mal vivir, y su leyenda cuenta que se desbarrancó por esta mar brava en la que ellos están haciendo fechorías, y la droga y el trago llaman al cuerpo, y nadie se salva de la rumba, y le ha venido el recuerdo de la Sarita escapando de otros malandrines como ellos, y el cholo Lalo patea sin piedad al bigotón que yace en el suelo de espaldas, aunque la santita reluce más que nunca, y sigue corriendo hasta que llega al borde de los acantilados de la mar brava, el agua ruge y al romperse en la playa hace que le salpiquen gruesas gotas, y los degenerados se acercan cada vez más, ella cierra los ojos y se suelta, y siente el vacío que le succiona, y cuando el Cholo estrella su pie contra el pecho del bigotón se siente un crujir de huesos, y ninguno de la banda se explica la causa de que el bigotón haya desaparecido, y solo ven en sus manos un sencillo de mierda y los trozos de la camisa desgarrada, y el estruendoso ruido del mar los envuelve, se miran asombrados, y los otros también se habían quedado con los crespos hechos, y uno de ellos dice que cuando la rozó sintió un calor insoportable, y muestra la mano con un estigma imborrable, y por eso al regresar de su largo exilio quiso volver al sitio donde saltó la muchachita tan conocida, y luego de los tragos y la comida con que habían pasado la madrugada en casa de su hermana, no quiso hacerles caso cuando le decía que las cosas se habían maleado bastante, y los pandilleros cuando estaban drogados no respetan a nadie, pero él se había quedado callado esperando con paciencia, se había metido en el trago, y pensó que el alba húmeda y olorosa del océano lo llamaba para saldar su cuenta con la muchachita tan conocida, y el tatuaje se lo había hecho hace 20 años atrás, en un puerto de la costa mexicana, y cuando recorrió los pocos metros que lo separaban del callejón de la mar brava, sintió un sonido musical saliendo de una de las casas miserables de los barracones, y sabe que en estos lugares es venerada la Sarita, que lo ayudó a corregir su vida, abandonó los vicios y ahorró su billete para volver al terruño, y nunca pudo mantener una relación estable con las mujeres que conoció, y es que en el momento que cualquier relación parecía que iba en serio, sucedía un incidente extraño que lo hacía huir, como si algo lo acuciara para hacerlo, y de pronto el olor del mar y el aliento del viento le estremecen la cara, y al legar al acantilado siente unos pasos que se acercan, y de pronto está rodeado de varios sujetos de una catadura terrible, y sin desesperarse finge que se entrega y se acuerda de Pocha diciéndole que los pandilleros son una basura, y que lo mejor era no chocar con ellos, y si sucedía lo conveniente era no dárselas de valiente, y cuando llega a ese momento de su reflexión siente una inmensa cólera, y decide actuar como si una vieja deuda impagable lo impulsara, y recuerda a unos marineros de un solitario puerto mexicano, diciendo que hay que cuando hay que ser macho hay que demostrarlo, y mientras los ve acercarse evoca la letra de ese corrido sobre Juan Charrasqueado que a su viejecita le gustaba escuchar por la radio, y piensa puta madre tantos años han pasado, y también recuerda a esos crepusculares pistoleros integrantes de una pandilla salvaje, que saben que van a morir, pero se enfrentan a la muerte, y cuando llegan los primeros golpes no se queda quieto, se enfrenta solito a tremenda tanda de pandilleros, y ahora intuye que la muerte no llega en forma sorpresiva, sino que hay un encuentro solicitado por uno mismo, y mientras reparte puñetazos y patadas se siente como el Tigrillo, ese catchascanista que era su ídolo infantil, y sin embargo lo habían cosido a puñaladas en un miserable callejón, y de nada le sirvieron sus espectaculares tacles, pero qué importa, sigue pensando, mientras los golpes continúan lloviendo, y en su interior comienza a sentirse húmedo, y es una tarde de verano ardiente de muchos años atrás, y está buceando en las aguas de la Arenilla, y ve las cosas como si estuviera en la pecera que el japonés Matayoshi tenía en su peluquería, y se extasiaba viendo los pececitos de diferentes colores, evitando el momento en que le cortaran el pelo, y le aterraba cuando el peluquero debía darle una rasurada en el cogote y las patillas, y en su desesperación se coge la nuca, pero el borbotón de sangre que lo atora y lo hace tambalear lo tiene en la garganta, y cae en la playa rocosa, y entonces ve una luz deslumbrante, y en medio de ella el rostro parpadeante de una mujer, y cree reconocer a su sufrida viejita, pero no, es alguien distinto y evoca una playa lejana de un puerto mexicano, y cuando el viejo pescador le hizo el tatuaje, y al caer hace el esfuerzo de echarse de espaldas, no quiere que nada manche lo que lleva grabado en el pecho, y lo último que lo asalta es la angustia de que nadie lo encuentre y quede tirado, triste y abandonado como esos podridos lobos de mar que acaban con sus vidas varados en la playa, llenos de gusanos y moscas, despidiendo un olor nauseabundo e insoportable.

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