domingo, 6 de julio de 2014

Homenaje a los maestros de los establecimientos penitenciarios

Hoy, 06 de julio, el país celebra el "Día del Maestro".

El periodista Marco Avilés, conmovido por la visita que realizó al penal de Aucallama (Huaral) el martes 1° de julio, escribió la siguiente nota, la cual es un homenaje a los maestros que desarrollan una admirable labor ejerciendo la docencia en los establecimientos penitenciarios del país.

Marco es autor de un libro de crónicas titulado "Día de visita", donde relata una serie de historias vividas por mujeres que atraviesan la dura experiencia del encierro en el  E.P. Mujeres de Chorrillos (antes Santa Mónica). El libro es uno de los más leídos por los internos que acuden a la biblioteca "Jorge Basadre Grohmann" del E.P. de Huaral.

Compartimos su nota publicada hoy en el diario "La República".

NANCY Y LOS DINOSAURIOS*

Por Marco Avilés

Los profesores vivían una tiranía medieval al mando de un director viejo, panzón y borracho. La descripción es de Nancy, una de sus víctimas. Los maestros complacían los caprichos del jefe con docilidad. Pagaban sus almuerzos, sus borracheras y las colegas más jóvenes se acostaban con él.

Era el macho alfa de la manada. Era el Perú de fines de los años noventa. Los profesores eran empleados temporales. Casi nadie estaba en planilla. Si te rebelabas, el jefe máximo no renovaba tu contrato. Su poder provenía de la extorsión.

Nancy tenía veintitrés años cuando llegó a ese colegio, en San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado y pobre de Lima. Enseñaba Biología. Sus alumnos eran hijos de obreros, vendedores callejeros y padres sin educación. Comían poco en casa. Se quedaban dormidos en clase.

Abandonaban la escuela para trabajar. O se hacían ladrones. Con el tiempo terminaban presos. ¿Había manera de enamorarlos de los estudios? La profesora Nancy se hacía esta pregunta después de clase.

Una mañana, el director tocó la puerta de su salón e interrumpió su curso. “Ven”, la llamó con el dedo índice. Aún no era mediodía pero el jefe quería beber. Sacó a algunos profesores más de sus aulas y les propuso ir a una cantina. “¿Y los alumnos?”, preguntó Nancy. “Díganles que están conmigo”, ordenó el director.

La educación pública es un bien en estado de abandono. El presidente Fujimori, un ingeniero simplón, supuso que la solución consistía en construir escuelas. Como además era corrupto, las aulas se caían a pedazos. En ese país, los directores ejercían como sultanes de barrio. Víctimas de la inestabilidad laboral, los maestros vivían para complacerlos. Pagaban coimas. Se metían zancadillas para quedarse con el puesto del colega. Sospechaban unos de otros. Se envilecían. 

Los que no toleraban la mezquindad renunciaban a hacer carrera en el magisterio y tentaban suerte en otros oficios. Los que transaban con el sistema terminaban encargándose de los niños. Muchos trasladaban a sus salones la corrupción de la vida. Si el Presidente compraba periodistas y los maestros sobornaban a sus directores, era justo que los alumnos pagaran para aprobar los cursos.

La imagen de la educación se ensució para siempre. Los colegios públicos tenían aura de reformatorios. Las familias de clase media los evitaban a toda costa y enviaban a sus hijos a escuelas privadas. Los pobres que se jodan. 

Por entonces Nancy era optimista. “Soy hija de la educación pública”, les decía a sus alumnos.“Soy tan pobre como ustedes”. De hecho, vivía en el mismo distrito y terminó la universidad gracias al beneficio de alimentación y alojamiento gratuitos para estudiantes desfavorecidos. Dominaba el inglés. Tenía un diplomado en cocina. También era muy guapa. En la cantina, el director la sacó a bailar. “Quiero estar contigo”, le susurró. “Dame solo una noche. Unita nomás”. Nancy le lanzó una bofetada. Perdió su primer empleo. 

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El colegio Víctor Raúl Haya de la Torre tenía tan mala fama que los vecinos lo conocían como “la basurita”. El director era pequeñito como un estudiante pero controlaba con rigor a más de cincuenta profesores. Solo dos estaban en planilla. El resto sufría el régimen de contratos temporales y la consiguiente extorsión. Era el segundo empleo de Nancy.

El director le tomó cariño y le ofreció un trabajo extra. ¿Quería vender libros de inglés a los alumnos? Ella era madre soltera de un niño. El dinero siempre era una buena noticia. Si el negocio marchaba bien –le planteó el director–, su contrato saldría en tres meses. Nancy aceptó. Pidió tres mil libros en consignación, los guardó en un depósito del colegio y los vendió entre los alumnos.

Con esa complicidad, el director dio el siguiente paso. Él la invitaba a una cita. Ella involucraba a otros colegas. Las citas románticas se convertían en celebraciones de grupo. “Mira lo que hago por ti –le decía el director–. Y tú no haces nada por mí”. Las evasivas permanentes volvieron tensa la relación. Ahora el director le enviaba memorándums reprendiéndola por cualquier motivo. Luego le escribía notas pidiéndole perdón y las acompañaba con barras de chocolate. Más tarde volvía a invitarla a salir. Nancy le decía que no. Y entonces llegaba un nuevo memorándum. Luego una carta de disculpas y otro chocolate. Nancy tuvo el cuidado de no comerse las evidencias.

Así llegó el final del año. Ella debía devolver a la editorial los libros no vendidos. Eran 1,600 ejemplares. Intentó sacarlos del depósito. El director le cerró el paso. “¿Usted no sabe que el ministerio prohíbe a los maestros vender libros en el colegio?”, le dijo.“La voy a denunciar”. Nancy lo miró a los ojos. “Hablemos claro”, respondió. “¿Cuánto dinero quiere?”. Estaban a solas. El hombre avanzó. “Sólo quiero una noche”, le dijo. Y a eso se reducía todo. Nancy lo tomó de la corbata, jaló con fuerza y lanzó un puñetazo seco. Luego otro. El director pidió auxilio. Un colega la contuvo. 

Nancy denunció al director ante la Oficina de Control Interno del Ministerio de Educación. Los funcionarios inspeccionaron el colegio y hallaron los libros. Ella mostró los chocolates y las cartas de perdón que él le había enviado durante todo el año. Lo suspendieron del trabajo durante tres meses sin derecho a sueldo. Una pena leve para un hombre que extorsiona a una subordinada. El doctor murmuró su venganza. “Este es el último año que trabajas en San Juan de Lurigancho”, le dijo a Nancy. “Se acabó tu carrera. Ya vas a ver con quién te has metido”.

Ella cree que todos los directores del distrito eran amigos de ese hombre porque, después de meses, nadie la contrató. Así terminó su breve carrera en las escuelas públicas, un sistema corrupto donde los dinosaurios se comen a las jóvenes. Un día, una amiga le mostró un aviso clasificado. Buscaban profesores para las cárceles. Si en el ministerio de Educación son corruptos, ¿cómo serán en el de Justicia? Eso pensaba. Igual postuló. Cuatro mil interesados rindieron el examen. Nancy, la profesora rechazada por el magisterio, ocupó el primer lugar.

El tiempo pasó y los episodios con los directores se volvieron anécdotas lejanas que Nancy cuenta con una sonrisa. Tiene treinta y nueve años y ahora sus alumnos son hombres sentenciados por secuestro, estafa, violación y otras hazañas. Trabaja en la escuela técnica del penal de Aucallama, en Huaral, una provincia a dos horas de Lima, adonde viaja todos los días. Tiene un esposo, un hijo en la universidad y sueña con tener un automóvil a gas que le permita regresar a casa a tiempo para alimentar a su bebé de dieciocho meses. Entre el trabajo y el transporte se le va la mitad de la vida.

Caminamos por los pasillos del penal rumbo al auditorio donde me invitaron a dar una charla. Hay cinco mil presos en una cárcel diseñada para mil. Muchos no llegan a los treinta años. Nancy tiene una teoría.

–Estamos cosechando lo que sembramos hace veinte años –me dice con frialdad–. Malos profesores forman malas personas.

El problema del país parece tan claro  ahora. Recibimos las primeras lecciones de corrupción en las escuelas.

Ilustración de Daniela Zamalloa Rubio

*Publicado en el diario "La República" el 06 de julio del 2014.

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